
Por Medina Alba. —
Hijo de Dios y abogado por vocación
Cuando digo que murió en vida, me refiero a que por su mala práctica jurídica, por sus acciones antiéticas y malsanas, hoy solo abre la puerta de su oficina para recordar que un día tuvo un catálogo de clientes. Esos mismos clientes que hoy pasan por el frente de su oficina y ni siquiera voltean a mirarla.
La ética profesional, al parecer, está de vacaciones o, en su defecto, en la República Dominicana es una palabra superficial para muchos togados. En ocasiones van a los tribunales en carro de concho y dejan los vehículos personales en su casa; así, cuando engañan al cliente, se van de inmediato. La ética profesional para muchos togados es una quimera utópica. El ejercicio del derecho debería ser un sacerdocio igual o tan destacado como la medicina, que salva vidas; sin embargo, el abogado salva la libertad, libertad que fue confiada por el cliente.
Comulgar con buenos valores no es sinónimo de ser un «pariguayo», como decimos en buen dominicano; es sinónimo de honestidad y probidad, que no se consiguen con el engaño. Además, el abogado debe tener en cuenta que su apellido será heredado por sus hijos, quienes cargarán con la cruz toda su vida al saber que su padre fue un abogado que nunca cumplió con un ejercicio con pulcritud.
Nada personal.
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