Por León Fernández. —
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La masacre de Hato Viejo y el engranaje de la represión

En la República Dominicana de los años setenta, la reforma agraria no era más que una promesa archivada bajo el peso de la violencia política. Gobernaba el país Joaquín Balaguer en el periodo conocido como «Los 12 Años» (1966-1978), una época caracterizada por el autoritarismo, la persecución sistemática de líderes comunitarios y el uso de la fuerza pública para salvaguardar las estructuras oligárquicas tradicionales.

En la comunidad de Hato Viejo, Yamasá, la tensión entre las familias campesinas y los grandes propietarios se volvió insostenible. El terrateniente Pablo Díaz pretendía despojar de miles de tareas de tierra a familias que las habían cultivado durante generaciones. Ante el atropello, emergió la figura de Florinda Soriano Muñoz, conocida entrañablemente como Mamá Tingó. Sin saber leer ni escribir, pero dotada de una formidable lucidez política y comunitaria, asumió la dirigencia de la Federación Dominicana de Ligas Agrarias (FEDELAG) en su zona.

El 1 de noviembre de 1974, al regresar a su hogar tras una jornada de reclamo judicial, fue emboscada y acribillada por el capataz Ernesto Díaz (El Feo). La bala pretendía apagar el reclamo por la tierra; sin embargo, logró exactamente lo contrario: encendió una indignación colectiva que desbordó los límites del campo dominicano.

El eco mediático: Los periódicos de la época

La noticia del asesinato conmocionó a la sociedad civil e impactó de lleno en la prensa nacional, que a pesar del clima de censura y amedrentamiento, registró el acontecimiento con dolor y severidad crítica:

  • El Nacional de ¡Ahora!: En sus portadas y editoriales denunció sin rodeos la impunidad del latifundismo y la complicidad de los cuerpos de seguridad del Estado con los terratenientes locales.
  • Listín Diario: Recogió la indignación social y dio cobertura al multitudinario sepelio de la dirigente en Yamasá, destacando la conmoción de los sectores populares y la Iglesia católica.
  • El Caribe: Detalló las circunstancias del crimen y el expediente judicial que pesaba sobre los responsables materiales e intelectuales.

La presión mediática y popular fue tal que el régimen balaguerista se vio obligado a intervenir administrativamente en los terrenos de Hato Viejo para declarar el área de utilidad pública y entregársela a las familias campesinas por las que Mamá Tingó dio la vida.

El legado inamovible de una leyenda popular

El sacrificio de Mamá Tingó trascendió la coyuntura del balaguerato para convertirse en una columna vertebral de los movimientos sociales caribeños. Su figura resignificó el rol de la mujer rural dominicana: no solo como sostén del hogar, sino como vanguardia en la resistencia contra el despojo.

Hoy, su nombre nombra estaciones del Metro de Santo Domingo, escuelas, calles y cooperativas agrícolas, pero su verdadero monumento radica en la memoria viva de cada campesino dominicano que exige un trato digno en la producción de la tierra.

«Si la estructura del campesinado se desmorona, la sociedad entera se hunde con ella».

Maha Ghosananda, monje, filósofo y activista camboyano

Para contacto con el autor: diarioextremo.digital@gmail.com

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