
Rep. Dom. – 12:00 am – mayo 15, 2025 – 3 minutos de lectura.-
Por León Fernández.-
Santo Domingo.- La República Dominicana lleva décadas arrastrando el tema migratorio con Haití como un lastre sin solución efectiva. No se trata solo de un problema de seguridad fronteriza, ni únicamente de economía, salud o identidad cultural. Es un espejo que refleja la incapacidad, la hipocresía y la indiferencia de quienes han ocupado la silla presidencial en el siglo XXI.
Hipólito Mejía, en su característico estilo campechano, bromeaba con todo, incluso con temas serios. Durante su mandato (2000–2004), el descontrol migratorio se mantuvo sin políticas claras. Prefirió la diplomacia blanda, dejando que la frontera fuera una línea borrosa sin autoridad efectiva, mientras aumentaba el número de parturientas haitianas en hospitales dominicanos y las mafias de tráfico humano operaban sin consecuencias reales.
Leonel Fernández (2004–2012), más internacionalista que nacionalista, vendió la imagen de una isla solidaria ante la comunidad global, pero esa solidaridad jamás estuvo acompañada de medidas que protegieran los intereses del pueblo dominicano. Durante sus gobiernos se profundizó la entrada irregular, se fomentó la mano de obra barata sin regulación y se permitió el auge de barrios marginales con condiciones de vida precarias. Todo bajo el manto del “desarrollo” y la globalización.
Danilo Medina (2012–2020) tuvo la oportunidad de ordenar la casa con su famoso Plan de Regularización. Pero aquello fue una pantalla que terminó beneficiando más a quienes violaron nuestras leyes que a quienes las cumplen. Se legalizaron miles de estancias irregulares sin control migratorio posterior, mientras los servicios públicos colapsaban. A la vez, se multiplicaban los viajes clandestinos de dominicanos rumbo a Estados Unidos, Puerto Rico, Chile o España.
Luis Abinader, quien prometió firmeza, ha sido más visible en el discurso, pero en la práctica, los problemas continúan. Su muro fronterizo es tan simbólico como lo era la «línea imaginaria» que sus antecesores nunca controlaron. Mientras tanto, la migración irregular no solo persiste sino que se diversifica: venezolanos, colombianos, chinos y hasta bandas criminales extranjeras se han establecido en suelo dominicano sin un marco claro que proteja a nuestra población.
Y el fenómeno más irónico de todos: mientras los mandatarios debaten la “crisis haitiana”, cientos de miles de dominicanos buscan desesperadamente escapar del país por falta de oportunidades. Se van a limpiar pisos, recoger frutas o buscar refugio en otras tierras porque sienten que su patria ya no les pertenece. Que los beneficios de ser dominicano se reparten entre los poderosos, mientras la dignidad se negocia en dólares, ONGs y votos.
En lugar de afrontar el tema migratorio como un asunto de Estado, ha sido tratado como una ficha electoral, un punto de diplomacia o un negocio. Y cada presidente ha tenido su parte de culpa por no tener el coraje de poner a la República Dominicana primero.
La solución no vendrá con discursos ni comités. Vendrá con voluntad política real, con leyes que se hagan cumplir, con una política exterior firme y con una frontera que funcione. Si no, seguiremos viendo cómo se reparten el pastel, mientras el pueblo se queda con las migajas… o se va a buscar un pedazo fuera del país.
Artículos relacionados:
Deja un comentario