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Santo Domingo. — La educación dominicana atraviesa un momento en el que la credibilidad institucional se pone a prueba. Más allá de los programas, las reformas y los discursos oficiales, el sistema educativo revela una debilidad persistente: la dificultad para asumir plenamente su rol formativo, preventivo y orientador dentro de la sociedad.

Desde una lectura crítica, no se trata únicamente de errores individuales, sino de una estructura de gestión que carece de protocolos claros, seguimiento efectivo y formación continua para enfrentar situaciones complejas. La escuela, en el contexto dominicano, sigue siendo vista en muchos casos como un espacio limitado a la instrucción académica, dejando en segundo plano su responsabilidad social y humana.

Esta falta de gestión coherente afecta directamente la confianza de la sociedad en sus instituciones educativas. Cuando no existe una respuesta oportuna y articulada, la omisión se normaliza y la educación pierde autoridad moral. En un país que aspira a fortalecer su desarrollo social, esta debilidad compromete no solo el presente, sino también el futuro.

Pensar la educación dominicana con miras a 2026 exige una revisión profunda de sus prácticas de gestión. Los frutos educativos no se obtendrán únicamente con reformas curriculares, sino con instituciones capaces de actuar con responsabilidad, sensibilidad y coherencia. En ese punto, la diferencia entre negligencia y falta de gestión deja de ser semántica y se convierte en un desafío urgente para el sistema educativo nacional.

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“La educación no cambia el mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.

Paulo Freire, PROFESOR y filosofo brasileño

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