
Rep. Dom. – 3:00 p.m. – abril 12, 26
OPINION.-
Por León Fernández.—
Santo Domingo, D.N.— En un mundo donde los niños a veces miran la ensalada como si fuera un castigo, La competición de las verduras, de Irene Hernández, llega como un abrazo colorido y divertido. Este cuento breve no solo enseña a comer sano —enseña a amar lo que comes. Y lo hace con dos personajes inolvidables: Tomatito y Zanahorio, dos hortalizas que no solo son nutritivas… ¡son estrellas!
La historia comienza con una verdad universal: los niños adoran los tomates y las zanahorias… pero solo cuando vienen en forma de jugo, puré o snacks. Las verduras “reales”, en cambio, se quedan solas en el plato. Y ahí entra la magia de Irene Hernández: no juzga, no obliga, no grita. Solo invita a imaginar. ¿Qué pasaría si las verduras tuvieran sentimientos? ¿Y si se sintieran tristes porque nadie las elige?
La solución no es una lección moral, sino una competencia lúdica. Y en esa competencia, las verduras no compiten entre sí —compiten por ser vistas, valoradas y amadas. Y eso, en tiempos donde la alimentación saludable se percibe como un deber, es revolucionario.
Lo que más me gusta de este cuento es cómo transforma lo cotidiano en extraordinario. Tomatito y Zanahorio no son solo vegetales —son amigos, héroes, embajadores de la salud. Y al final, no ganan porque sean los mejores… ganan porque todos los niños los eligen.
En un mundo donde la comida se consume sin pensar, La competición de las verduras es un recordatorio dulce y necesario: lo sano puede ser divertido, si lo contamos con corazón.
¿Y tú? ¿Cuántas veces has pasado por algo cotidiano sin ver su magia… solo porque no lo miraste con los ojos de un niño?
“La comida es un acto de amor.”
M.F.K. Fisher, escritora y pensadora
Para contacto con el autor: diarioextremodigital@gmail.com
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