• Cuando creemos que lo vimos todo: aparece Super Trump, en un mundo que según expertos; él ha puesto de cabeza.

Santo Domingo, República Dominicana – 2:00 p.m. – abril 13, 2026

5–8 minutos

OPINION.-

Por León Fernández.—

Desde el 7 de abril de 2026, el mundo entró en una nueva fase de tensión global. Lo que comenzó como una amenaza retórica —la advertencia de arrasar una civilización entera— evolucionó rápidamente hacia una crisis concreta en El estrecho de Ormuz, uno de los puntos más sensibles del planeta.
Ese día, Donald Trump lanzó una advertencia brutal: Irán debía ceder o enfrentaría una destrucción total. No era solo retórica. Era el preludio de lo que vendría.
Del ultimátum al bloqueo
Tras el fracaso de las negociaciones en Islamabad, el 13 de abril se materializó lo impensable: un bloqueo naval estadounidense en el estrecho de Ormuz.
Esto no es un detalle menor. Por ese estrecho pasa aproximadamente el 20% del petróleo mundial, lo que convierte cualquier interrupción en un detonante global.
La consecuencia fue inmediata:
– Subida del petróleo por encima de los 100 dólares
– Amenaza de crisis energética global
Riesgo de escalada militar regional
– Trump no se limitó a bloquear. También advirtió que cualquier embarcación iraní sería “eliminada” si se acercara.
– Ese lenguaje no es diplomático. Es teatral. Y ahí comienza el verdadero problema.
El personaje digital: Trump como “mesías” o “dios”
En paralelo a esta escalada real, ocurrió algo igual de inquietante: la construcción de una narrativa casi religiosa en redes sociales.
El propio Trump publicó imágenes de sí mismo representado como una figura divina —en algunos casos como Jesús, en otros como una figura mitológica— en medio del conflicto.
No es casualidad. Es estrategia.
Se trata de transformar una crisis geopolítica en una narrativa emocional, donde:
– él es el salvador, el enemigo es una civilización “antigua” (los persas)
y la guerra se convierte en una cruzada, pero aquí entra el elemento más preocupante: la reacción de sus seguidores.

1.195 palabras

Cuando creemos que lo vimos todo: aparece Super Trump, en un mundo que según expertos; él ha puesto de cabeza.

Imagen publicada por Donald Trump en su cuenta @realDonaldTrump)Truth Social

La absurda fe política
Una parte de su base no solo apoya estas publicaciones. Las celebra. Las comparte. Las convierten en símbolo.
Ese es el punto donde la política deja de ser racional.
Cuando un líder es percibido como:
un elegido, un enviado o incluso una figura divina…ya no estamos en democracia, estamos en culto.
Las grietas: cuando los seguidores se viran
Sin embargo, algo interesante ha ocurrido en los últimos días.
No todos han seguido el guion.
Algunos de sus antiguos aliados —incluyendo comentaristas, presentadores e «influencers» que antes lo defendían— han comenzado a distanciarse.
¿Por qué?
Porque la narrativa se volvió insostenible.
Cuando el discurso pasa de “defensa nacional” a: amenazas de exterminio
bloqueos globales y auto-representación divina, entonces la línea entre liderazgo y delirio se vuelve demasiado visible.
Y ahí es donde empiezan las deserciones.
Geopolítica o espectáculo
El problema de fondo es este:
– La crisis del estrecho de Ormuz no es un meme.
– No es una imagen viral.
– No es una narrativa épica.
Es una situación real que: puede disparar el precio de la energía, afectar economías enteras y escalar a un conflicto mayor
De hecho, el bloqueo ya forma parte de una guerra más amplia iniciada en febrero, con ataques, represalias y una caída drástica del tráfico marítimo global.
Y mientras eso ocurre, parte del debate público gira en torno a imágenes manipuladas y símbolos casi religiosos.
El peligro no es solo militar
El mundo enfrenta dos crisis simultáneas:
– Una crisis geopolítica real, con riesgo de guerra abierta
– Una crisis narrativa, donde la propaganda y el culto reemplazan el análisis
– Y la segunda puede ser igual de peligrosa que la primera.
Porque cuando la gente deja de cuestionar… ya no importa lo que ocurra en el estrecho de Ormuz. Importa lo que creen.

De seguidores a críticos

En toda historia de poder, llega un momento en que los más cercanos al líder comienzan a dudar. No por convicción moral necesariamente, sino porque la narrativa se vuelve insostenible. Eso es exactamente lo que ha ocurrido en el entorno de Donald Trump durante la crisis del estrecho de Ormuz.

Lo que comenzó como una coalición sólida de voces mediáticas, comentaristas y figuras públicas que respaldaban cada decisión del expresidente, empezó a resquebrajarse cuando el discurso cruzó una línea que muchos no estaban dispuestos a defender: la amenaza de exterminio total a una civilización entera.

Tucker Carlson, uno de los comunicadores más influyentes de la derecha estadounidense, había construido su marca sobre la defensa incondicional de Trump. Su audiencia, millones de seguidores que consumían su contenido como una verdad inamovible, se convirtió en un espejo de la fe política. Pero cuando Trump comenzó a publicar imágenes de sí mismo como una figura divina —con aureola, túnica, y gestos mesiánicos—, Carlson se quedó en silencio. No respondió. No compartió. No defendió. Y ese silencio fue más elocuente que cualquier crítica.

Candace Owens, quien en el pasado había llamado a Trump “el salvador de Occidente”, también cambió su tono. En un podcast del 14 de abril, dijo: “No estoy en contra del líder. Pero no puedo apoyar un discurso que convierte a la política en teatro religioso”. Fue la primera vez que usó la palabra “teatro”. No “estrategia”, no “comunicación”, sino “teatro”. Un cambio sutil, pero profundo.

Alex Jones, siempre más extremista, fue el último en ceder. En un video de tres horas, defendió a Trump como “el elegido”, pero su tono era distinto: más desesperado, menos convencido. Sus seguidores notaron que sus manos temblaban. Sus frases se repetían. Y, por primera vez, la comunidad digital de Jones comenzó a cuestionar: ¿esto es información… o es ficción?

Esta deserción no es casual. Es el resultado de una narrativa que se volvió insostenible. Cuando un líder deja de hablar de política y empieza a hablar de destinos divinos, cuando reemplaza la diplomacia por la amenaza, y cuando convierte la guerra en espectáculo, pierde no solo a la opinión pública, sino a sus propios aliados.

El fenómeno es más profundo que una simple traición. Es un colapso de credibilidad. Porque no es lo que dice, sino cómo lo dice. Y cómo lo representa. La auto-divinización no es una estrategia. Es una señal de que el discurso ya no tiene argumentos, solo símbolos.

En el contexto de la República Dominicana, donde el liderazgo político también ha transitado por figuras carismáticas y teatrales, este caso es una advertencia: ningún liderazgo sobrevive cuando deja de ser racional. Cuando la política se convierte en religión, la democracia se convierte en culto. Y cuando el culto se desmorona, lo único que queda es el silencio.

Los seguidores no traicionaron a Trump. Lo abandonaron porque ya no creían en su historia. Y eso es lo más peligroso: no la oposición, sino la indiferencia. Porque cuando los fieles se van, no queda nada. Solo un escenario vacío, con un líder que aún cree que el mundo lo está mirando.


¿Seguimos líderes… o estamos empezando a seguir personajes?

1.195 palabras

“El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente.”
Lord Acton, pensador liberal británico

Para contacto con el autor: diarioextremodigital@gmail.com

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frase de la semana

«Si la libertad significa algo, es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír.”

~ George Orwell

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