
Rep. Dom. – 12:00 pm – 12 abril, 2025 – 3 minutos de lectura.-
Por León Fernández.-
Santo Domingo.- El reciente reportaje “Los rostros del Jet Set” del Diario Libre, publicado el 11 de abril de 2025, me dejó pensando en lo que realmente implica hacer periodismo. No solo por lo que se contó, sino por cómo se contó. Las imágenes, los nombres, las historias de quienes perdieron la vida en esa tragedia no solo ocuparon espacio en el periódico: nos interpelaron, nos movieron, y al mismo tiempo, nos exigieron responsabilidad.
Al analizarlo, caemos en cuenta de que las expectativas que se tienen de nosotros, los periodistas, van más allá de publicar lo que pasó. Se espera que contemos la verdad con respeto, que sirvamos a la sociedad, que pongamos el ojo donde nadie quiere mirar… sin perder el alma en el camino. La gente no necesita héroes con micrófono, sino seres humanos conscientes del poder que tienen al narrar una historia.
Y aquí viene la gran pregunta: ¿para qué estamos haciendo periodismo? ¿Para buscar fama, abrirnos camino a otras esferas, o realmente porque creemos en el valor social de la información? Cuando usamos el dolor ajeno como un recurso visual o una herramienta de alcance, nos alejamos del propósito real del oficio. Pero cuando usamos una historia para construir conciencia, memoria y empatía, entonces sí estamos cumpliendo nuestro rol.
Por eso, en cada decisión que tomemos—ya sea publicar una imagen, escribir un titular o enfocar un hecho—tenemos que mirar a la ética como nuestra brújula. No todo lo que se puede hacer, se debe hacer. La ética no se impone por reglamento, se asume con carácter. Y como bien se ha repetido por ahí, ¨ser periodista no es solo saber contar historias: es saber cuándo y cómo contarlas sin traicionar nuestra humanidad¨.
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